Relatos que inspiran - Pablo Gaudio |
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Relatos Pablo Gaudio

Relatos que inspiran

Una vez en un pequeño pueblo perdido en un valle entre escarpadas montañas, había un médico que cuidaba de su pueblo de manera excepcional. Era alguien especial: conocía el nombre de todos los habitantes, regalaba una sonrisa a todos ellos cuando se los cruzaba por la calle y los escuchaba atentamente cuando estos necesitaban de su ayuda.

Pero este médico se estaba haciendo mayor y necesitaba de alguien que tomara su lugar. Un joven de un pueblo cercano acababa de graduarse y acepto coger el testigo de este anciano, pero antes, quería aprender a su lado. El joven era muy listo, se había graduado con las mejores calificaciones y pronto comenzó a cuestionar el método de su maestro.

¿Cómo puede ser que dedique tanto tiempo en escuchar a los pacientes cuando sus síntomas son tan evidentes? ¿Le aconseja que dé un largo paseo antes de ir a dormir con lo efectiva que es esta pastilla para el insomnio? ¿Y al despedirse les da la mano o dos besos a sus pacientes, con la de virus y bacterias que deben tener?

Aunque no se lo decía, cada vez cuestionaba más estos métodos. Y el anciano doctor también lo notaba.

Lo que mas le llamaba la atención era el caso de una señora, que vivía sola a unos kilómetros del pueblo. Una vez por semana, caminaban durante 20 minutos por un camino escarpado hasta llegar a su casa. Una vez allí, tomaban té, café y lo acompañaban con pasteles o galletas que previamente esta había cocinado. Charlaban de cosas banales, el tiempo, las cosechas, reían mientras recordaban historias de su pasado y finalmente, se despedían con un abrazo hasta la siguiente semana.

– Cuida bien a esta señora. Es mi paciente más querida. – le repetía.

Unos meses más tarde el anciano se jubilo y se fue del pueblo, a un retiro en las montañas. Luego de tantos años sirviendo a los demás, eligió darse el regalo de la meditación en soledad durante un tiempo, por lo que el joven médico estaba solo. Y aunque se esforzaba por estar atento, minimizar todos los síntomas, atajar los brotes de gripe y recetar los mejores medicamentos y antídotos, se daba cuenta de que los habitantes del pueblo perdían salud.

Y no solo eso. La señora que vivía en el bosque se encontraba realmente mal. A pesar de que iba 3 veces por semana y durante unos minutos controlaba su tensión, sus niveles de colesterol, curaba las heridas de sus piernas y la inspeccionaba de arriba abajo, notaba como ella se iba apagando. ¿Qué sucedía? ¡Si estaba haciendo todo lo que venía en los manuales! ¿Cómo es que la medicina obsoleta del anciano podía ser mejor?

Así que en un acto de desesperación fue a visitar al anciano.

– TU! ¡Me engañaste! ¿Por qué contigo estaban tan bien y conmigo parece que enferman? ¿por qué no me enseñaste realmente lo que haces con ellos? ¿Qué pócima mágica les das?

– Siéntate y te explicaré que ha pasado.

Ambos se sentaron en unos almohadones en el suelo y compartieron un café.

– Yo no necesitaba enseñarte nada sobre medicina. Tu ya has ido a la universidad y allí lo has aprendido. Y si algo no lo recuerdas tienes cientos de libros a los que consultar. Sin embargo, hay algo que no puedes encontrar en ellos: la historia y las necesidades de cada persona.

“Cada persona es única y diferente. Tienes que ser consciente de ello. Médicos hay millones. Pero ellos buscarán al que les hable, les comprenda, conecte con ellos. Es parte de su recuperación. Háblales como persona antes de como médico. Intenta reconocer las necesidades que hay detrás del insomnio, de la compulsión, de la ansiedad, de la tristeza. Y así lograras ayudarles.”

– ¿Cómo esta la señora del bosque?

El joven le conto como su estado había empeorado.

“Esa mujer lleva más de 30 años viviendo allí sola. Su marido falleció por una enfermedad y sus hijos ni la recuerdan. Lo que la mantiene con vida es saber que alguien se interesa por ella y va a verla un día a la semana. Eso la motiva para caminar cada día para no perder la fuerza y así poder ir al mercado los sábados a buscar café e ingredientes para el pastel. La anima a limpiar la casa para recibirme. Y durante una hora habla con alguien, ríe, recuerda y se emociona. Ese rato es su fuerza para vivir. Es su mejor medicina”

El anciano se levanto y fue a la despensa. Cogió un bote de cristal y lo lleno con terrones de azúcar del tamaño de un dado y le puso una etiqueta donde ponía 3H. Se la acerco al joven médico y le dijo:

– Esto es para ti. Tomate una por las mañanas antes de comenzar a trabajar.

– ¿3H? – preguntó. ¿Qué significa?

Es lo que todo buen médico o terapeuta debe tener:

Humanidad, que es la cualidad esencial del ser humano (aunque he de admitir que a veces los animales nos dan ejemplos de humanidad más fuertes que cualquier ser humano) y nos permite empatizar con los demás, mostrando compasión, respeto, cariño y apoyo hacia el otro ser humano. Un terapeuta que no sea humano podrá conectar quizás con la mente, pero nunca con el corazón de su paciente.

Humildad. Hay conocimientos y actitudes que no se aprenden en las universidades. Un diploma no te asegura el total conocimiento de los hechos. Cada persona es única, diferente y especial y es fundamental tener una mente abierta para poder aprender y comprender todo lo que los demás pueden enseñarnos. Nosotros como terapeutas debemos ser conscientes nuestra potencialidad, pero también nuestras limitaciones y solo así seremos capaces de adaptarnos a todas las situaciones y personas. Cada vez que uno se cierra a lo diferente, pierde una maravillosa oportunidad de aprender.

Humor, aunque muchos no lo comprendan es de vital importancia el tener sentido de humor (no en vano el humor es una de las 3 energías arquetípicas del ser humano junto con la fuerza y el amor). El tomarnos las situaciones con sentido del humor alivia la carga del ambiente que generan los duros momentos que a veces atravesamos, para relativizar las cosas, para flexibilizar nuestros pensamientos y patrones y también para contactar con la alegría de la vida. De ese modo, con humor, facilitamos un espacio donde el más serio se permite sonreír o el más pesimista descubre que todavía hay alguna esperanza.

Ambos se abrazaron y el joven partió hacia el pueblo con una lección que cambió su vida y la de muchas personas.

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